Archive for the ‘Ciencia ficción’ Category

Estrella Roja (Alexander Bogdánov)

julio 21, 2014

Estrella_RojaHoy toca comentar todo un clásico del género de la ciencia ficción. Aunque seguramente no debe de ser muy conocido por parte de los aficionados, y a muchos de ellos les sonará el título y poco más. Pero Nevsky Prospects en los últimos años nos ha traído reediciones y ediciones de títulos no traducidos hasta ahora de algunos autores clásicos de la ciencia ficción rusa.

El autor de este, Alexander Bogdánov fue médico, científico y revolucionario. Además de escribir ciencia ficción. Tuvo la desgracia de ser una de las víctimas de uno de los más famosos panfletos filosóficos Lenin. Pero también fue un pionero en el desarrollo de nuevos conceptos científicos, hasta el punto de que hay autores que lo consideran el precursor de la Teoría de Sistemas y acusan a Ludwig von Bertalanffy de plagiar las ideas de Bogdánov. Además investigó las transfusiones y murió como uno de esos héroes chalados de la ciencia víctima de una transfusión de sangre que salió mal. Su objetivo era utilizar las transfusiones para alargar la vida y en él se puede encontrar también un antecedente de ciertas propuestas de mejora del ser humano por parte del transhumanismo.

Pero si el autor es interesante, la obra lo es más. Si bien no es más que una novela más de ciencia ficción utópica, que tantas ha dado el género en los dos últimos siglos, también es mucho más. La razón es que Bogdánov no se limita únicamente a mostrarnos las maravillas del socialismo marciano, que lo hace. También muestra los aspectos oscuros de esa sociedad, y al hacerlo también hace una crítica del imperialismo. O una interesante y yo diría que profética reflexión sobre el futuro de un proceso revolucionario en su Rusia natal y quién sabe en el resto del mundo. Cuando uno lee el discurso de un marciano sobre este tema surge instintivamente la necesidad de mirar la fecha de la primera edición del libro, pues como digo aporta una visión casi profética de lo que pasaría con la Revolución Rusa.

Pero a pesar de eso el libro en algunos aspectos ha envejecido mal, no por la calidad de la obra, sino porque nos encontramos con muchos de los tópicos de la ciencia ficción de la Edad de Oro, que ya ha sido muy transitados. Pero la gran sorpresa, y lo que lo convierte en un clásico es que si parece una obra de ciencia ficción propia de los años treinta o cuarenta del pasado siglo, en realidad estamos ante un libro cuya primera edición data nada más y nada menos que de ¡1908!

Pues si bien en algunos aspectos con la novela utópica europea de entonces, en otros es completamente moderno. Su enfoque bastante hard, que muestra las dificultades del viaje interplanetario de una forma natural y teniendo en cuenta cuestiones que otros autores ni se preocupan en considerar (aunque eso sí, el elemento para la propulsión de la nave no tiene ningún fundamento científico sólido) lo es. También la introducción de los personajes femeninos de un modo que es completamente feminista, por la forma tan natural y lógica de mostrarnos una sociedad igualitaria entre hombres y mujeres.

En definitiva, un clásico que se deja leer, que puede aportar una lectura satisfactoria. Y que a pesar del tiempo transcurrido desde que fuese escrito sigue teniendo interés. La edición se completa con un prólogo de Edmund Griffiths y un postfacio de Marian Womack donde se explica la relevancia en la historia de la ciencia ficción de esta obra y qué puede ser de interés en él para el lector contemporáneo.

¿Escribe Greg Egan ciencia ficción hard?

julio 1, 2014

No es mi intención plantear aquí un debate terminológico sin más, porque a fin de cuentas los términos y las clasificaciones están claros. Pero a veces sí que es conveniente jugar un poco con las palabras y a partir de ello obtener una visión más profunda del objeto de nuestro interés. En este caso será la ciencia ficción de Greg Egan.

Habitualmente suele considerarse que Greg Egan escribe ciencia ficción dura, y esto es correcto tal y como se suele interpretar habitualmente este género. Es decir, como introduce conceptos científicos avanzados y lo hace de forma más o menos rigurosa, lo que escribe es ciencia ficción hard. Pero sin ser esto incorrecto, desde mi punto de vista es insuficiente para caracterizar la obra del autor australiano. Y lo que me hace pensar esto es una comparación con otros autores tradicionalmente considerados en el hard como Clement, Forward o Benford.

Y es que la estética y la poética de Egan me da la impresión de que difiere en algún sentido de la estos autores paradimágticos del hard. Pero como no soy experto en estas cuestiones, no profundizaré en este tema para no patinar, y me centraré en el uso que hace Egan de esos conceptos científicos. Pues en su caso los conceptos científicos no son sino un mero elemento con el que desarrollar una especulación de carácter metafísico, que presente una visión materialista o cientifista, no la hace menos metafísica. En algunos casos, como en El Instante Aleph la física y las matemáticas casi ni aparecen y son una base para la pura especulación metafísica. En otros, como en Diáspora, son las matemáticas y física avanzadas las que dirigen la historia, pero siempre está presente esa especulación de altos vuelos. La mayor parte de las veces metafisica, y en muchos casos se plantean cuestiones filosóficas de calado, como en Océanico donde se presenta una crítica demoledora de la experiencia religiosa.

Ese carácter especulativo no está presente en Clement, que era un magnífico narrador de aventuras en mundos extraños, con criaturas más extrañas aún. Lo mismo puede decirse de Forward, pero este último puede resultar indigesto por el exceso de texto ingenieril. Y Benford, bueno, lo cierto es que sus planteamientos especulativos no difieren esencialmente de los que podemos encontrar en la ciencia ficción mal denominada blanda. Incluso en su pretenciosa y plúmbea Saga del Centro Galáctico se muestra convencional.

Con esto no quiero decir que la ciencia ficción dura convencional sea mala. En absoluto. Cuando está bien hecha a mí me encanta, y es quizá uno de los subgéneros de la ciencia ficción que mejor puede aprovechar los elementos proyectivos basados en la ciencia. Pero por su propio carácter muchas veces resulta muy conservadora, en el sentido de que si bien nos muestra seres y lugares realmente extraños, con todo lo que eso supone desde un punto de vista narrativo, en el fondo no aborda esas grandes cuestiones que han dado lugar a la filosofía, las religiones y la propia ciencia. Algo que suele estar más presente en la ciencia ficción más blanda, pero se aborda con menos rigor científico e intelectual.

Pero Egan hace otra cosa, pues realmente se plantea esas grandes preguntas, aporta respuestas que hacen que uno se revuelva en su asiento cuando lee la historia, y lo hace a partir de ciencia bien establecida. O en algunos casos, inventándose universos con diferentes leyes físicas completamente coherentes de un modo riguroso. Es algo similar a lo que hacía Stanislaw Lem en algunas de sus obras. Pero si bien Lem hacía que la narrativa modulase el contenido científico, y escribía obras que un lector medio pudiese entender, Egan intenta primar el aspecto metafísico y científico sobre el narrativo (que tampoco es tan malo como se dice a veces, pero eso sería materia de otra entrada) y la exposición de los conceptos técnicos es más explícita.

Por eso prefiero decir que Greg Egan en realidad no escribe ciencia ficción hard sino ficción científica especulativa, término que tampoco es nuevo, pero que refleja muy bien el tipo especial de ficción de la que estamos hablando. Pero tampoco Egan es el único que podemos incluir en él. Peter Watts y Ted Chiang tiene obras del mismo estilo, si bien Watts se encuentra más próximo a la ciencia ficción hard convencional y Chiang da mucha más importancia al elemento narrativo que Egan.

Azar y determinismo emergente en la obra de Stanislaw Lem

junio 23, 2014

Comentando las ideas de Erwin Schrödinger sobre el determinismo que emerge a partir del azar, por el promediado sobre grandes números de moléculas, comenté que una visión similar la podemos encontrar en la obra de Stanislaw Lem. Ya he hablado aquí sobre las conexiones que podemos encontrar entre la obra del autor polaco y la de Isaac Asimov. Una de ellas se asocia con el concepto de psicohistoria.

Ambas cuestiones están relacionadas y la prueba de ello se encuentra en el diálogo final de La fiebre del heno, una de las novelas de ficción científica y epistemológica de Lem, en la cual una investigación policial por parte de un astronauta deviene en una exploración de las relaciones entre azar y orden en la sociedad humana. Lo que sigue es un spoiler, aunque sea filosófico, pues en realidad de eso trata la novela. En cierto momento de la discusión entre dos personajes, entre ellos el protagonista, este último nos dice que:

La humanidad se ha multiplicado y condensado tanto, que las leyes del átomo comienza a gobernarla. Cada átomo de gas se mueve caóticamente, pero es precisamente este caos lo que conduce al orden: estabilidad de la presión, temperatura, peso específico, etc. Su éxito involuntario se antoja paradójico: una larga serie de extraordinarias coincidencias. Pero sólo lo parece.

Este es exactamente la misma idea que la expresada por Schrödinger, y además es la base conceptual en que se sustenta la psicohistoria de Asimov. La analogía con los gases implica una regularidad del comportamiento del colectivo humano, el orden surge del azar.

La idea de la cadena de casualidades (así se titula esta novela en la edición en inglés) es recurrente en Lem. Es el hilo conductor de su relato autobiográfico en el breve ensayo Azar y orden, y también lo es en una de las reseñas falsas de Vacío perfecto, De Impossibilitate Vitae, que también incluye elementos autobiográficos. Pero lo más interesante es que esa falsa reseña, en la que se analiza una obra que presenta la falacia de que la baja probabilidad de los acontencimientos que han dado lugar a una vida humana, o al propio universo, concluye con un argumento interesante. Para rebatir la falacia Lem no recurre a argumentos de fundamentos de la probabilidad, sino a uno físico invocando el principio de indeferencia. Pero además lo hace considerando su versión procedente de la física estadística, la que implica la igual probabilidad de los posibles microestados, es decir, las diferentes configuraciones microscópicas moleculares. Y al hacerlo está dando primacía una vez más a la idea de orden emergiendo de un azar subyacente.

Los cuatro demiurgos de la cultura popular

junio 20, 2014

Me han preguntado por qué mi ensayo sobre Jack Kirby se titula El Cuarto Demiurgo. Lo cierto es que si bien la razón principal hace referencia a Kirby como creador del Cuarto Mundo, su serie más emblemática, también creo que puede incluirse en una lista de autores que han configurado la cultura popular del siglo XX y de estos comienzos del siglo XXI. Aunque es difícil precisar cuántos serían estos autores sí que creo que Kirby debe estar entre los cuatro principales. Pero puedo precisar y mojarme, con los cuatro autores que han creado, como demiurgos platónicos a partir de un material informe preexistente, buena parte de la cultura popular vinculada a lo fantástico y futurista.

Para empezar, Charles Fort, el compilador de los hechos raros, extraños y bizarros. Sus recopilaciones de casos presentan una concepción del mundo extraña y delirante, una gnosis paranoica en donde los arcontes son sustituidos por alienígenas parásitos, como bien supo interpretar el escritor de ciencia ficción británico Erik Frank Rusell. Esta cosmogonía forteana ha tenido una enorme influencia en el desarrollo de la ciencia ficción y el terror contemporáneos, pero lamentablemente también ha transgredido estas fronteras para alcanzar el núcleo de la cultura popular. Desde el realismo fantástico de Pauwels y Bergier hasta los vendedores y traficantes de misterios, pasando por el mitote los platillos volantes o las apariciones de monstruos profético, han sido muchos los que se han inspirado en la extraña síntesis de Fort de gnosticismo, pseudociencia y socarrón sentido del humor.

Pero cuando las ideas de Fort estaban cuajando para pasar a formar parte del zeitgeist otro autor, este sí de ficción, estaba también creando su propia mitología horrenda y cósmica. Al contrario que Fort era todo un pedazo de escéptico, un materialista acérrimo. Sin embargo sus mundos de ficción tenían, y tienen en la medida en que se han continuados por autores que han seguido su estela hasta día de hoy, una gran similitud con los de Fort. Sí, mi segundo demiurgo es H. P. Lovecraft.

Las analogías estilísticas entre Fort y Lovecraft son enormes, y desde luego no son casuales. Esto se explica en parte porque ambos se inspiraron en las mismas fuentes, y desde luego es conocido que Lovecraft encontró mucha inspiración para sus magníficos relatos en las mitologías ocultistas. Pero hay una diferencia importante entre ambos autores, si Fort al final presentaba una racionalización y modernización de un mundo mágico y encantado, lo que hacía Lovecraft era expresar mediante sus entidades primigenias un mundo desencantado e indiferente regido por extrañas e imperturbables leyes de la física e ingentes periodos de evolución mediante selección natural.

De este modo, podemos considerar a Fort como una especie de espiritualista cósmico siniestro, y a Lovecraft como un materialista cósmico pesimista. De ahí que este último transmutase su materialismo pesimista en horror cósmico siguiendo la estela de otros autores anteriores, pero con un estilo propio e irrepetible, llegando a ser un autor que se puede considerar como un género en sí mismo.

Pero el materialismo cósmico no necesariamente ha de considerarse pesimista, y es aquí donde nos encontramos con Kirby. El Rey de los cómics construía mundos a la vez materialistas y encantados. Aunque no estuvo sólo en su labor de demiurgo de la cultura popular mediante los cómics de superhéroes, pues contó con compañeros como Stan Lee o Steve Ditko, fueron los mundos que imaginó los que abrieron las puertas de la percepción a otros autores posteriores. Grant Morrison considera que Jack Kirby fue el William Blake del siglo XX, y estoy por completo de acuerdo con él.

Desde luego por sus mitologías superheroicas titánicas y prometeicas, sus mundos alienígenas repletos de bichos increíbles o su mezcla irrepetible de conceptos científicos y mitológicos. Pero también tenía otra cosa en común con Blake, la iluminación, los poderes mutantes o las cualidades superheroicas podrían ser alcanzados por cualquier individuo. Siempre puede hacerse mejor sería su lema.

Y finalmente el cuarto gran demiurgo de la cultura popular, Philip K. Dick. No ha habido un autor de ciencia ficción tan adaptado en el cine. Sus mundos de ficción han fascinado por igual a lectores y crítica, y no dejan indiferente al lector. Stanislaw Lem lo definió como un visionario entre charlatanes Y ciertamente era un visionario pues tal parece que sus mundos de pesadilla se han materializado en el nuestro.

¿Realmente han sido tan importantes estos cuatro autores en el desarrollo de la cultura popular? Estoy convencido de ello y en cualquier caso lo que es innegable es que siempre estuvieron en la onda de su desarrollo, estudiando su obra se puede entender mucho sobre la cultura de masas del siglo XX, tanto la norteamericana como la europea.

Conexiones de ciencia ficción: Philip K. Dick y Jack Kirby

junio 18, 2014

¿Qué conexiones se pueden establecer entre uno de los dibujantes de cómic más importantes del siglo XX y uno de los narradores más emblemáticos de la ciencia ficción? Para empezar puede decirse que independientemente de la brecha generacional entre ambos, lo cierto es que bebieron de las mismas fuentes, la de la cultura popular en general y la literatura de ciencia ficción pulp en particular. No es extraño encontrarnos por tanto con analogías en el tratamiento de ciertos temas y, sobre todo, un mismo imaginario.

Pero podemos ir más allá, y para ello hemos de considerar uno de los trabajos de Kirby más personales, de aquellos en los que además de dibujante fue guionista y creador de personajes y tramas. Se trata de OMAC, una de las series de Kirby que se puede encuadrar sin ninguna duda dentro del género de la ciencia ficción, y aunque tiene una faceta superheroica, su planteamiento y desarrollo es más propio del género prospectivo y futurista. Y aquí es donde la obra de Kirby conecta con la de Dick.

Para empezar OMAC nos muestra un mundo de un futuro cercano dominado por megacorporaciones y donde la tecnología domina todas las facetas de la experiencia humana. Además de otras novedades tecnológicas, se llega al punto de que se pueden comprar amigos, especie de androides o muñecos de compañía, que imitan el aspecto y el comportamiento humanos. Pero estos no son sino una herramienta para el mal, y es ahí en donde surge el personaje de OMAC, acrónimo inglés para Ejército de Un Solo Hombre, creado por una misteriosa, y por cierto bastante inquietante, agencia mundial para la paz. Dicho así, parece casi la sinopsis de una novela de Dick, al menos de la etapa más prolífica del autor californiano. No es sorprendente que sea así, posiblemente Kirby leyese relatos y novelas de Dick y por lo tanto este no sería sino una fuente de inspiración más para su serie de cómic en DC.VALIS

Lo sorprendente surge cuando analizamos el proceso de creación del propio OMAC. Éste es un don nadie que es transformado en un superhombre por medio de la acción de un satélite en órbita denominado Hermano Ojo, que le aporta todas sus habilidades y poderes. Se trata de un satélite que todo lo ve, y con inmensas capacidades demiúrgicas, hasta el punto de poder recuperar e incluso resucitar a OMAC si es conveniente. Todo un Ojo en el Cielo, y lo cierto es que cada vez que pienso en él me vienen a la mente los acordes y la letra del tema del mismo nombre de Alan Parsons Project, que bien podría ser la banda sonora de dicho cómic. Lo es, además, si tenemos en cuenta que la personalidad anterior de OMAC es borrada, es formateada por completo y dominada por la acción del Hermano Ojo, de un modo en que ambos puede decirse que forman un mismo ente simbiótico. Esta intrusión del satélite en el libre albedrío humano sería importante en la revisión del personaje de Kirby realizada por John Byrne, además. No es un aspecto que se pase por alto al lector.

Bien, puede argumentarse que si Kirby fue inspirado consciente o inconscientemente por otros aspectos de la obra de Dick, y cierto es que no tendría nada de particular todo esto. Así es, y aquí está sin duda la conexión de que trata esta entrada. Pero lo curioso es que se puede ir más allá. La transformación de OMAC en la que un satélite externo modifica la personalidad y reformatea la persona de un modo casi alienígena (aunque el satélite haya sido creador por científicos humanos con nombre y apellidos) resulta muy similar a lo que Dick consideraba que había sido su experiencia mística, con una entidad denominada VALIS, lo que sería el origen de una serie de desvaríos y despropósitos por su parte, pero también de una serie de novelas y su famosa Exégesis, una parte de la cual ya ha sido editada en inglés y parece ser que será editada también en castellano.

Quizá Dick leyese el tebeo de Kirby. El problema con esta hipótesis es que aquí las fechas no cuadran, ya que si bien la experiencia de Dick se produjo próxima a la publicación del primer número de OMAC, fue anterior a la publicación de éste. Es como si Kirby de algún modo hubiese predicho la experiencia dickiana en su cómic. Pero a diferencia de Grant Morrison o Alan Moore y su afición por lo mágico y lo místico el Rey era un tío muy normal, o eso parece, al que no le sucedían esas cosas. Quizá la explicación más sencilla, con la que yo me quedo es que Kirby se inspiró en el trabajo de Dick anterior, y el autor de ciencia ficción construyó todo su delirio con su propio material de ciencia ficción, y de ahí la coincidencia. Pero no deja de ser una curiosidad que no puedo dejar de citar, como de hecho lo hice en mi ensayo sobre Jack Kirby. Y aunque tampoco creo que debe de dársele mucha importancia es una más de esas curiosas casualidades que suceden en el mundo de la ciencia ficción. O quizá deberíamos de decir que son las mentes imaginativas e inquisitivas de los amantes de la ciencia ficción quienes construyen significados sobre esas casualidades puramente contingentes

Conexiones de ciencia ficción: Isaac Asimov y Stanislaw Lem

junio 9, 2014

Podría pensarse que buscar conexiones entre la obra de dos autores tan aparentemente distintos como Isaac Asimov y Stanislaw Lem es complicado. Pero las apariencias engañan, y lo que con esta entrada pretendo mostrar, es que estos dos autores convergen en algunos aspectos de su pensamiento y su obra literaria.

Para empezar quizá sean los dos autores que mejor han escrito sobre la inteligencia artificial, en concreto sobre los robots. El que el estilo de Asimov sea simple y derive de la literatura decimonónica y la ciencia ficción de la Edad de Oro, y que el de Lem trate de aproximarse a los fabulistas clásicos o a otros autores como Voltaire o Swift, no debe desviarnos de la clave de los relatos robóticos de estos autores. Nos muestran una visión compleja de la inteligencia artificial, y plantean serios y profundos debates filosóficos al respecto.

Al examinar los límites de sus simples leyes robóticas Asimov ha conseguido plantear cuestiones de gran calado como la del libre albedrío, la búsqueda de lo que nos hace humanos, o si realmente podemos hablar de una respuesta determinista inducida por una programación en criaturas que resultan totalmente autónomas y autoconsciente. El trasfondo, que va desde las historias de misterio, a los chistes tontorrones o relatos sensibleros, no debe hacernos olvidar cuál es el objetivo tras los relatos de robots asimovianos. Y es esta una de las más importantes contribuciones de Asimov a la ciencia ficción.
Y si hablamos de Lem, podría sugerirse que sus robots podrían intercambiarse por cualquier otro tipo de personajes arquetípicos o filosóficos, pues sus pícaros mecánicos no serían más que un vehículo para la exposición por parte de Lem de sus inquietudes filosóficas. Pero hay algo más, al igual que con Asimov estamos ante entes artificiales cuyo proceder parece muy humano pero que en el fondo es diferente. Lem era un gran admirador del trabajo de Wiener en la cibernética, y sus robots son una muestra de su aplicación, de su proyección para entender qué puede ser una inteligencia artificial. Sus robots son muy humanos, como esos constructores pícaros que parecen salidos de una historia de Quevedo, y rebosan mala baba por los cuatro costados. Pero no dejan de ser entes mecánicos, y eso se muestra en sus comportamientos, sus manías podría decirse. Y entre tantos reyes, princesas de hojalata y hermitaños cibernéticos visualizamos una civilización posthumana, que quizá sea el futuro de la vida en el universo.

Especulando más me atrevería a decir que la influencia que han tenido estos dos grandes autores en la visión popular de los robtos es complementaria, y contraria a lo que sugeriría el análisis más básico. Así creo que sería difícil imaginarse la aparición de un androide en el equipo clásico de los Vengadores, que ha resultado ser uno de los personajes más interesantes de Marvel, sin la creación de una idea seria y madura del androide, por parte de Asimov. Entre otras razones porque es uno de los responsables de presentar en la ciencia ficción una deconstrucción del complejo de Frankenstein. Y tampoco creo que no sería posible encontrarnos con esos robots pendencieros y macarras de Futurama sin las fábulas robóticas de Lem.

Pero una conexión más fuerte es la que surge por otro lado. Lem ha sido el gran maestro del ensayo impostor. En la estela de la ficción de Jorge Luis Borges, quizá Lem ha resultado ser el autor que más ha explotado la invención de obras imaginarias, así como de sus prólogos y reseñas. Su Biblioteca del Siglo XXI me parece una de las obras filosóficas más notables del siglo XX. Pero en ella también hay parodia, ácida e irreverente, fundamentalmente de la crítica literaria y del mundo académico y científico.

Y he aquí que también Asimov fue un maestro del ensayo impostor, así como de la crítica del mundo académico. En algunos relatos y novelas de Asimov se encuentra una crítica despiadada del mundo académico. Pero donde mejor se expresa es precisamente en un ensayo apócrifo, muy al estilo de los de Lem, combinando la ciencia rigurosa con una idea en principio imposible, pero para servir como una crítica del mundo académico, lo que hace precisamente Asimov mediante un ejercicio estilístico bastante notable. Se trata de Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada. Resultado de su hartazgo ante el poco margen para la exposición literaria en las tesis doctorales (los que la habéis hecho o estáis en ello sabéis de lo que hablo) la verdad es que un magnífico ejercicio de estilo. Lástima que Asimov no siguiese por ese camino y hubiese creado su propia versión de una Biblioteca del Siglo XXI.

Pero si esto parecen conexiones débiles entre estos dos grandes autores de la ciencia ficción, he dejado para el final la más importante de ellas: la psicohistoria. Sin duda es el gran concepto, la gran idea, que aparece en la obra de Asimov. Y mucho se ha escrito sobre si tiene verosimilitud científica o no, pero me temo que en muchos casos no se han entendió correctamente.

Realmente Asimov no planteó una sesuda especulación de altos vuelos a lo Greg Egan, en absoluto, más bien al contrario. Simplemente consideró una idea simple para justificar una ciencia histórica, basada en su buen conocimiento de las ciencias químicas. Utilizó la analogía con la teoría cinética de los gases, en donde un gran número de moléculas cuyo movimiento es completamente aleatorio pueden ser descritas por una serie de leyes estadísticas. Estas leyes constituyen un orden emergente que surge a partir del azar como resultado de aplicación de leyes de grandes números.

Pues bien, esta idea está muy presente en la obra de Lem. Para empezar en Regreso a Entia su protagonista, el astronauta Tichy, estudia una ciencia prospectiva que se basa en la estadística y cuyas predicciones motivan su viaje al planeta que da título a la novela. Esta ciencia no dejaría de ser una versión de una psicohistoria como una física social basada en fundamentos estadísticos. Pero es que, además, la idea del orden emergente que surge a partir del azar es la clave para entender La investigación o La fiebre del heno, y también está presente en algunos de los apócrifos de la Biblioteca del Siglo XXI. Y en el fondo es la misma historia que está tras la psicohistoria de Asimov.

Como vemos, hay más conexiones entre estos dos grandes maestros de la ciencia ficción de lo que podría parecer en un principio.

Ciencia ficción transhumanista y gnóstica

mayo 26, 2014

Si leéis mi Adversus Techgnosticas Haereses en la antología Más allá de Némesis os encontraréis con una exposición de un teólogo sobre las implicaciones de las filosofías implícitas en los partidarios de la adaptación del ser humano a la vida del espacio. Al escribirlo me parecía importante exponer el punto de vista que sin duda habrían de tener algunos de los pensadores religiosos al afrontarse al radical cambio en la humanidad desarrollado a partir de los acontecimientos narrados en Némesis.

masallanemesis

Una de las razones para perpetrar esa pequeña impostura intelectual en manos de un jesuita japonés del futuro fue que desde hace ya bastante tiempo no puedo evitar caer en la cuenta de las grandes similitudes que hay entre ciertas variantes del transhumanismo y el gnosticismo, como ha sido sugerido por diversos autores. En aquellas que son extropianas, es decir, las que abogan por una especie de rapto desde el mundo físico hacia un espacio virtual, esta asociación es evidente, se pongan como pongan los transhumanistas.

El homeomorfismo entre gnosticismo y transhumanismo se produce precisamente por las diferencias entre el primero y la religión convencional. Para algunos gnósticos en algunos seres humanos estaría latente una semilla espiritual capaz de hacerlos llegar a ser algo más que simples humanos a través de la experiencia de la gnosis, de la revelación. Serían humanos cósmicos, una idea también adoptada por el hermetismo, no simples humanos resucitados o cuya alma ha sido transferida a meras dimensiones celestiales o infernales.

Pero el caso del universo de Némesis me resulta muy interesante porque no aboga por esta transformación virtual y cyberpunk del ser humano en un ente informático, sino por una transformación puramente física. Esto es importante porque en el universo desarrollado en solitario por Juan Miguel Aguilera en solitario más allá de los mundos de Némesis y Akasa-Puspa, en el cual algunas de sus novelas históricas llegaron a plantear una conexión con el mundo de Némesis, tal parece que estamos ante un mito de caída de la divinidad y su emanación en diferentes aspectos y criaturas, para luego, en un largo proceso, recuperar su naturaleza primigenia y ser todos uno.

Lo fascinante es que esto en todo momento se presenta desde un punto de vista profundamente materialista, en base únicamente a la panspermia de Hoyle y Wickramasinghe sin ningún tipo de búsqueda de trascendencia, más bien lo contrario. De hecho La locura de Dios presenta demoledoramente una explicación del papel del origen y evolución de la humanidad antiantropocéntrico y poco espiritual. Algo que Aguilera deja bastante explícito en algunas de sus otras novelas y en la reescritura de Némesis.

Me atrevo a especular que quizá este enfoque diferente del transhumanismo presente en estas obras deriva de que la inspiración procede de otros autores más fisicalistas en sus planteamientos sobre la mejora del ser humano como son John Bernal y Freeman Dyson. Estamos hablando de autores que escribieron sus textos más importantes sobre el tema antes del auge de la informática y de la adopción del zeitgeist centrado en el mundo de lo cibernético y lo virtual, que sin duda es la principal fuente de inspiración de los extropianos.

Pero no puedo evitar pensar que quizás siguen aún existiendo una correspondencia entre ese transhumanismo más materialista y el gnosticismo, al menos tal y como se presenta el primer en la ciencia ficción. Quizá después de todo algunos autores tengan razón, aunque sólo un poco, y en realidad en buena parte del programa de la Ilustración, tendente a proponer que el propio ser humano sea quien cree un escatón a su medida, hay presente un elemento de gnosticismo. Y que este se haya colado en la ciencia ficción transhumanista que aparenta ser más materialista.

Máscara (Stanislaw Lem)

mayo 19, 2014

La aparición de un nuevo libro de Stanislaw Lem en el catálogo de la editorial Impedimenta siempre es una buena noticia, ya que todos los aparecidos hasta ahora lo han hecho en ediciones de gran calidad. Y lo más, como cuando en este caso, el de la antología de relatos Máscara, estamos ante una obra inédita en castellano. Y ya iba siendo hora de tenerlos disponible, porque lo primero que os puedo decir, es que se trata de un libro magnífico.

MascaraEn primer lugar la edición, como todas las de Impedimenta es buena. Una traducción directa del polaco, buen diseño de colección, etc. Pero en este caso hay lo que me parece un acierto total, y es la portada con los bichos de Haeckel. Ya son dos portadas de este tipo para libros de Lem en esta editorial y creo que representan a la perfección la obra del autor, quizá las que mejor han recogido el espíritu de este autor. No sé cómo explicarlo, aunque los que hayáis leído varias novelas de Lem lo entenderéis.

Pero bueno, lo importante es el contenido, y como ya hay bastantes reseñas elogiosas en la red, y que aportan una sinopsis sobre los cuentos, con ellas os podréis hacer idea del contenido. Por eso yo no hablaré sobre los cuentos sino que me limitaré a exponer mi opinión sobre el contenido general. Y esta es que es un libro excelente, imprescindible para los lectores habituales de Lem, pero también una magnífica introducción a su obra.

Lo es porque en esta antología podemos encontrarnos con ciencia ficción de la mejor calidad. Pues es lo que es, y aunque no pretendo polemizar al respecto, la verdad es que me resultan incomprensibles algunos comentarios en reseñas que se pueden encontrar por ahí. Es ciencia ficción pura y dura. Es más, algunos relatos incluso son bastante pulp, y un par de ellos también pueden considerarse como de terror. Y son buenos, y espero no tener que explicar porque es una gilipollez el pensar que como son buenos no pueden ser ciencia ficción. Porque tener que hacerlo sería una afrenta a la propia obra de Lem.

Me parece imprescindible para los aficionados a la obra del autor polaco porque esta antología, ordenada cronológicamente, recoge cuentos fuera de los ciclos de este autor (salvo uno perteneciente a sus fábulas robóticas), y por lo tanto se salen un poco de la temática y los temas a los que está más acostumbrado su lector en castellano. De este modo nos encontramos con un Lem más próximo a la ciencia ficción canónica, tanto en los temas de los cuentos como el enfoque narrativo. Pero no es óbice para que nos encontremos, aún en los cuentos más flojos y primerizos, al autor de una imaginación prodigiosa, con extraterrestres más raros que un perro verde, incognoscibles. Con formas de vida en los ambientes más extraños, con inteligencias artificiales que son mucho más, o con una particular versión solipsista y materialista de Dios, que deja al lector con la boca abierta al acabar el relato.

Y además es capaz de combinar una descripción costumbrista de la Polonia rural con una invasión extraterrestre propia de Futurama (serie que le debe un montón a la obra del genial autor polaco). O unos relatos con elementos de suspense realmente inquietantes aún en una trama que objetivamente debería considerarse como irrisoria. O un escenario apocalíptico que de lo tranquilo y poco espectacular que es resulta más inquietante si cabe. Una de las cosas que demuestra esta antología es que si Lem se hubiese dedicado al terror habría sido un narrador que haría quitar el sueño.

También es una antología adecuada para conocer la ciencia ficción de Lem. Hay una gradación de temáticas y estilos, donde vamos conociendo la evolución narrativa y conceptual del autor de ciencia ficción, y donde podemos encontrarnos implícitamente con buena parte de la filosofía expuesta en su Biblioteca del Siglo XXI. Por es una antología que también sirve como introducción a Lem.

En cualquier caso, aún con las diferencias en calidad y estilo presentes en los relatos se trata de una antología notable. Una de esas que todo amante de la ciencia ficción y la buena literatura debería de tener en sus estanterías.

La física de Greg Egan I: Partículas elementales y agujeros de gusano

abril 28, 2014

Sobre la física y las matemáticas presentes en la obra completa de Greg Egan podrían escribirse enciclopedias enteras, pues la utilización de estas disciplinas por parte del autor australiano en sus historias es abundante. Incluso considerando únicamente su obra traducida al castellano (que lamentablemente es poca, aún quedan bastantes novelas suyas por traducir) tenemos una gran variedad de conceptos avanzados procedentes de la Física. Además, muchas veces estos son importantes en el desarrollo de las historias narradas, podríamos decir incluso que algunos casos son un personaje más. Por esa razón creo que no viene mal analizar cuál es el origen de algunas de esas ideas locas que recurren a la relatividad general, la mecánica cuántica y en general todo tipo de especulaciones que incluyen ámbitos como la gravedad cuántica, el vacío de los campos cuánticos y similares.

Para comenzar lo haré con conceptos presentes en Diáspora, para mí la mejor novela de las que he leído de Egan. Fascinante, puro sentido de la maravilla, un tour de force narrativo, pero que lamentablemente resulta una lectura difícil por la complejidad de los conceptos manejados por Egan. No obstante, algunas de las ideas que resultan más fascinantes tienen un origen en una física avanzada pero más fácil de explicar a los legos, que se puede divulgar y entender conceptualmente con un esfuerzo moderado. Así es uno de los componentes de la teoría de Kozuch que juega un papel importante en la novela.

Hace poco se han hecho eco los medios de noticias científicas de artículos en torno a la posible relación entre el entrelazamiento cuántico de quarks y las propiedades de agujeros de gusano, de modo que según los autores de estas publicaciones el entrelazamiento se explicaría por el retorcimiento de las bocas de un agujero de gusano. Esto recuerda precisamente a cómo en la teoría de Kozuch de Diáspora las partículas elementales se asocian con las bocas de agujeros de gusano.

diaspo

En realidad Egan no tuvo una visión profética sobre futuros desarrollos en el ámbito de la Física, sino que utilizó una idea antigua, que se remonta a la década de los cincuenta del siglo pasado, y cuyo padre fue nada más y nada menos que uno de mis inspiradores de la ciencia ficción favoritos: John Archibald Wheeler.

Wheeler fue el primero en proponer la idea de que podría explicarse la masa de las partículas elementales considerándolas como las bocas de un agujero de gusano. Lo hizo en un artículo titulado Geons donde describía unas soluciones particulares de las ecuaciones del campo electromagnético. Lo que Wheeler pretendía era encontrar un encaje para el concepto de objeto en el marco de la relatividad general. Tras un desarrollo de las propiedades del tipo de las ecuaciones de campo propuestas, Wheeler introduce en el apartado séptimo de su artículo la cuestión de los agujeros de gusano.

La cuestión es que la presencia del agujero de gusano implica una distorsión de las líneas de campo eléctrico en torno a la zona del agujero, y el efecto que este tiene sobre ellas hace que se parezcan a las generadas por una carga eléctrica puntual. Cada una de las bocas se correspondería con una carga de signo contrario, de modo que la carga total en el espacio ocupado por un campo eléctrico sin fuentes y el agujero de gusano sería cero.

Más adelante el propio Wheeler, junto con Charles Misner, desarrollaría más su idea en un trabajo posterior, incluyendo también la explicación del origen de la masa de las partículas en base a agujeros de gusano. Su objetivo era plantear una descripción puramente geométrica de los campos clásicos (electromagnético y gravitatorio) de modo que todo pudiese expresarse en términos de la curvatura de espacio-tiempo. Eso sí, en todo caso podría reducirse la Física Clásica, porque en el caso de los fenómenos cuánticos la cosa se complicaría, como el propio Wheeler expresó muy bien con su idea de un espacio-tiempo fluctuante y turbulento, como una especie de espuma, a la escala de energía de Planck.

La idea de tratar de explicar propiedades de las partículas en base a parámetros geométricos o soluciones no singulares de los campos tuvo bastantes seguidores durante algunos años. Feynman introdujo la idea de Wheeler de la carga asociada a los agujeros de gusano en sus clases sobre gravitación. Pero todo ese programa de geometrización de la Física fue dejado de lado con los avances en la física de las partículas, y con la aparición de nuevos marcos teóricos.

La formulación de Wheeler se puede aplicar únicamente en el caso clásico, no cuántico. Pero lo que hace Egan en su novela es postular la existencia de una hipotética teoría cuántica. Y muy inteligentemente por su parte no da detalles sobre esa hipotética teoría, limitándose a considerar el concepto básico y utilizarlo como parte de un elemento proyectivo más en su novela de ciencia ficción. Haciéndolo así resulta más inmune al juicio del avance científico, que tan mal le sienta a cierta ciencia ficción hard que busca más la exposición de detalles técnicos que la especulación, cuando esta última es precisamente el punto fuerte de la ciencia ficción.

Clásicos cutres de la ciencia ficción

abril 22, 2014

En este blog no suelo tratar este tipo de cuestiones, pero creo que a veces un poco de divulgación sobre el género de la ciencia ficción no viene mal. Sobre todo cuando nos encontramos con listas sobre las mejores novelas de ciencia ficción como la aparecida recientemente en Jotdown. Por qué dicha lista es realmente mala y bastante poco profesional ha sido explicado de una forma contundente por Kaplan en Literatura en los talones, y en este sentido no tengo mucho que añadir. Bueno, salvo comentar, para más escarnio que incluso la cosa llega hasta el punto de incluir Yo, Robot, que no es una novela, sino una antología de relatos, con lo que uno tiene la duda de si el autor de la lista siquiera era consciente de esto al redactar su texto, quizá como consecuencia de no haber leído la obra.

Pero todo esto no merecería mucha atención por parte de los expertos en ciencia ficción si no fuera por un peligro que va asociado con este tipo de listas. Se trata de la inclusión en una lista de los diez mejores de un género que ha dado centenares o miles de títulos en diferentes idiomas, de obras que aunque son relevantes dentro del género es dudoso que merezcan el calificativo de clásicos, y desde luego no deben estar en el top ten de los mejores. En una lista que parte de autores del XIX y llega hasta los de nuestros días ausencias como la de autores del tipo de Olaf  Stapledon resultan si cabe más graves, que la inclusión en la lista de títulos mediocres.

En esta lista hay dos libros que considero relevantes en la ciencia ficción pero que no merecen estar en una lista de los mejores: El juego de Ender y Mundo Anillo. Me cuesta hablar de ellos como clásicos y prefiero denominarlos clásicos cutres, porque son citadas en listas de este tipo pero realmente no tienen el empaque para ser considerados clásicos. Aunque la cuestión de gustos es subjetiva, no lo es tanto la existencia en ciertas obras de algunos elementos que hacen que dichas obras adquieran trascendencia dentro el género de la ciencia ficción. Puede discutirse si el Dune de Herbert o Los propios dioses de Asimov son o no buenas novelas, si nos gustan o no, pero en ellas están presentes esos elementos. De hecho a mí me parece Dune una obra que no merece tanto bombo, no me parece para tanto, pero entiendo porque sin embargo sí podría merecer estar en una lista de los imprescindibles de la ciencia ficción. Del mismo modo, soy un gran fan de la obra de Dick y sin embargo considero que Sueñan los androides no puede, objetivamente, incluirse en una lista de las diez mejores novelas de ciencia ficción de cualquier tiempo, aunque otras novelas de Dick sí. Y la propia elección del término imprescindibles en vez de mejores por mi parte ya lleva implícita la adopción de una postura en esto de las listas. Pero no es ese el que me parece el asunto principal a debatir aquí.

Este es el peligro que percibo que tiene la inclusión de los clásicos cutres en las listas de “lo mejor del género”. Pues hacerlo puede suponer la pérdida de muchos lectores potenciales, como resultado de llevarse una impresión muy equivocada sobre lo que es la ciencia ficción. Pues “si esto es lo mejor de la ciencia ficción cómo será lo mediocre” es una afirmación que bien podrían hacer muchos neófitos en la ciencia ficción tras sufrir la lectura con algún título de la lista. O aún pasándolo bien con la lectura, llegar a pensar que tal o cual novela no es para tanto, como sucederá con muchos que prueben con cosas como Contact de Sagan, que escribía como Dios como ensayista y divulgador, pero que como novelista dejaba mucho que desear. Y aquí recurro a mi experiencia personal.

Durante mis años de adolescencia era uno de los muchos lectores ocasionales de ciencia ficción. No era mi género predilecto pero me gustaba, aunque no tenía un conocimiento más que superficial más allá de nombres como Asimov o Clarke y algunos autores de ciencia ficción juvenil más desconocidos. Y el gusto por autores como Asimov, Verne o Wells ya me venía de antes, de mi infancia. Pero durante mi etapa universitaria, en la que la visita a las bibliotecas era bastante habitual decidí introducirme más de forma sistemática en los clásicos del género de ciencia ficción para ver si merecería la pena dedicarle mucha más atención que hasta entonces.

Ingenuo de mí, hice lo peor que puede hacerse, buscar listas de clásicos por los medios disponibles entonces (la red estaba en pañales) y los chascos que me llevé con algunos mal llamados clásicos fueron importantes. Aunque no fueron muchos, cuando ahora lo recuerdo me doy cuenta de que podrían haberme quitado completamente las ganas de leer ciencia ficción para siempre, más allá de dos o tres autores que no me habían defraudado en el pasado. Por aburrimiento, por falta de interés por lo que contaban, y en algunos casos por ser libros que entonces me parecían malos.  En parte esto se debía a que los que recomendaban, ya fueran conocidos que te hablaban de ese libro, libros o ensayos en los que se hacía referencia a la ciencia ficción, o las nacientes páginas web no muy especializadas, lo hacían desde un conocimiento superficial del género. Y entre las diversas fuentes se realimentaban. Es lo que pasa cuando se habla de oídas y centrándose más en películas que en libros, como parece que ha pasado con la lista de Jotdown.

Pero aún profundizando más no está uno libre de encontrarse con clásicos cutres y las listas “a lo Barceló” hacen más daño que bien. De hecho son más peligrosas porque en estos casos el incauto concede una autoridad al autor de la lista de turno y el efecto del chasco puede ser amplificado. Si los expertos recomiendan ese tipo de libros como los imprescindibles, poco margen queda para la duda. Luego uno descubre que hay otros expertos con otros gustos, afortunadamente. Pero en mi caso cuando llegué a las listas más decentes e interesantes como la de Pringle o la coordinada por Julián Díez que comenta Kaplan ya había pasado por la lectura de las mejores obras de Stanislaw Lem, Ursula Le Guin o Phillip K. Dick, y valoraba subgéneros como la ciencia ficción hard por los cuentos cortos de Clarke o algunas novelas de Frederick Pohl. Esas listas, y posteriormente lugares como Cyberdark, me sirvieron para buscar obras interesantes de autores de la new wave o del slipstream. Pero por ensayo y error ya llevaba una buena base de lecturas a mis espaldas. Aunque por los pelos había pasado la fase de enfrentarme a clásicos cutres y ya intentaba afinar las fuentes para mis futuras lecturas.

Que  siguiera leyendo ciencia ficción más allá de Asimov creo que fue debido a que tuve suerte de encontrarme con autores como Lem o Dick bastante pronto, incluso la buena influencia resultado de leer algo de ciencia ficción española. Afortunadamente, antes de terminar cansado de leer clásicos cutres y dejar para siempre el género. Una diferente elección em unas pocas compras en saldos o en las bibliotecas podrían haberme alejado para siempre del que ahora es mi género literario preferido.

Por eso creo que cuando los aficionados a la ciencia ficción nos encontramos con listas como la que citada al principio de esta entrada no debemos quedarnos callados y dejarnos vencer por la pereza de no tratar un tema tantas veces desarrollado en el pasado. Pues tenemos que pensar en toda esa gente que no conoce el género, y que tiene curiosidad por él, sobre todo ahora que este vive un buen momento en lo que se refiere a la ficción cinematográfica y televisiva. Bien que merece la pena el esfuerzo, porque para otro tipo de discusiones y polémicas, bastante estériles por otra parte, bien que se moviliza el fandom. Qué menos que hacerlo para defender la calidad literaria del género que no está bien representada en la lista de Jotdwon.


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