El pensamiento posmoderno goza de un gran éxito en muchos ambientes académicos. Uno de sus pilares se encuentra en la negación del carácter objetivo del conocimiento científico. Por eso desde las ciencias, y en concreto desde la física, se ha atacado duramente estas doctrinas. Pero sobre lo que habría que reflexionar es sobre la causa del éxito del relativismo en la teoría del conocimiento científico. Porque quizás buena parte del éxito de dicho relativismo esté en que realmente en la ciencia hay un componente ideológico muy fuerte y que los criterios de verdad científica son mucho más difusos de lo que se piensa. Si se acepta este hecho uno no debería de sorprenderse a la hora de encontrarse con textos como este. Si bien las observaciones y las teorías cuantitativas que los explican tienen un alto grado de objetividad no la tienen tanto las interpretaciones. Y Robert B. Laughlin, premio Nobel de física por sus aportaciones a la teoría sobre el efecto Hall cuántico, nos presenta una defensa apasionada de una doctrina emergentista en la física.
Frente al pensamiento reduccionista dominante que todo lo reduce a partículas, cuerdas, lazos y otro tipo de objetos exóticos, auténticas mónadas sin ventanas que constituirían la realidad física, Laughlin propone que entendemos las leyes físicas como resultado de procesos emergentes. Con esto quiere decir que las leyes simples que describen los fenómenos colectivos son resultado de procesos que involucran gran cantidad de entidades en interacción. Por lo tanto las leyes reduccionistas no darían una descripción completa de la realidad física. Reconociendo que su punto de vista es más extremo que el de otros físicos (como Prigogine o Anderson) Laughlin va más allá y apuesta porque todas las leyes físicas fundamentales son emergentes.
Pero también deja claro que el concepto de proceso o ley emergente no ha de usarse como un cajón de sastre místico al que acudir cuando no se conoce la explicación de un fenómeno natural. Esto es importante si tenemos en cuenta el campo de investigación de Laughlin, ya que estamos ante un físico teórico puro pero cuyos intereses se centran en la investigación en materia condensada. Eso se nota mucho durante la lectura, pero no significa que no toque todos los palos de la física teórica, cosa que hace más o menos a lo largo del libro.
Asistimos a una puesta en duda del programa de investigación reduccionista en física. Para ello analiza los más importantes procesos físicos que implican colectividades de partículas como la superconductividad, las propiedades de conducción de los sólidos o la materia nuclear. Pero también pone sobre el tapete problemas como el de la constante cosmológica o una interpretación diferente del espacio-tiempo como una entidad emergente. Hechos como que se puede calcular con una precisión enorme los valores de las dos constantes fundamentales de la física como la carga eléctrica y la constante de Planck a partir de la constante de Von Klitzing deberían de perturbar los pensamientos nocturnos de todo buen físico cuántico reduccionista. Laughlin enfatiza mucho el hecho que los experimentos que involucran esta constante que importante para la compresión del efecto Hall cuántico o de otras constantes (como algunas ligadas a las corrientes de Josephson en superconductores) son más precisos cuantas mayores sean las colectividades. Y da un auténtico recital de todas las implicaciones que tiene el fenómeno de la superconductividad para la comprensión de la física.
Por eso tiene muy en cuenta las misteriosas analogías entre la teoría de la superconductividad y la física de partículas, ya en esta última el vacío se comporta como un superconductor lo que permite explicar que las partículas tengan masa. También la misteriosa analogía entre luz y sonido, tema capital para la comprensión profunda de la física según lo veo yo. Como comenta hay que explicar ese hecho, y las versiones ortodoxas de la explicación no son satisfactorias (porque se reducen a imponer que al cuantización del campo de fotones ha de ser canónica mediante osciladores armónicos hipótesis ad hoc frente al caso de los fonones en sólidos en donde la cuantización canónica surge de forma natural por la propia estructura de los cristales). También duda sobre el papel de la simetrías como algo fundamental y las considera como un resultado de los procesos emergentes y en concreto la simetría de gauge. Para él son tan válidos como partículas los huecos en su semiconductor o los fonones como las antipartículas elementales, incluso las cuasipartículas presentes en muchos sólidos, líquidos y plasmas.
También son interesantes sus reflexiones sobre el concepto de espacio-tiempo en relatividad general y la curiosa similitud entre un medio de propagación como el éter con el vacío cuántico (hecho este que otros físicos notables tan bien han querido significar, pero esto me desvaría bastante de la intención de este comentario sobre el libro). Y por supuesto también la mecánica cuántica y sus paradojas tiene su hueco en el libro. De nuevo la explicación emergente es empleada por Laughlin pero en este caso para sugerir que el problema de la medida no es tal. De paso critica a las diversas interpretaciones exóticas de la mecánica cuántica. Esta parte es demasiado breve para mi gusto, entre otras razones porque sus puntos de vista se aproximan bastante a los míos en algunas cuestiones de estas y alegra el ánimo ver que un Nobel piensa cosas parecidas a las que se le ocurren a uno.
La doctrina emergentista que defiende Laughlin tiene algunas implicaciones epistemológicas interesantes. Por una parte niega de plano la idea de que estamos ante un fin de la física, algunos prejuicios filosóficos con respecto al papel de la física en la biología, y sobre todo, la interpretación de las matemáticas en términos platónicos e idealistas. En el caso de la relación entre física y biología parece claro que la biología es un fenómeno emergente como pueda ser la superconductividad lo que implica un determinismo bastante grande a la vez que una negación del reduccionismo. Aunque quizás a mí me interesan más las dudas que esta interpretación de las leyes físicas crean sobre la universalidad de las matemáticas más allá de su capacidad para calcular cosas. Es decir niegan las importancia ontológica de las mates, que no la gnoseológica, aunque está última también estaría limitada. Es un pena que el autor no desarrollase más estas cuestiones, pero quizás sea mejor así porque el libro se centra más en la propia física lo cual es de agradecer.
Quizá el mayor defecto del libro es el abuso de las anécdotas personales y las comparaciones graciosas. Defecto relativo porque sirve para apreciar la mala leche del autor que en cierto modo representa a muchos físicos disidentes ante ciertos excesos reduccionistas de la física teórica, y otro tipo de excesos también. Casi te dan ganas de escribirle para que te mande un muñeco de villano con su cara que suelte frases graciosas, si leéis el libro entenderéis por qué lo digo. Se puede estar de acuerdo o no con sus tesis, pero es una lectura refrescante en el panorama de la divulgación en física. Un libro más que recomendable, yo diría que de obligada lectura.